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La Niña Del Medallón Partido

Capítulo 2 - La mujer que escondía una luna

Andrés no pudo olvidar a la niña.

Durante todo el camino de regreso a la mansión, miró por la ventana del coche sin escuchar una sola palabra de su madre. Beatriz hablaba rápido, demasiado rápido. Decía que la ciudad estaba llena de niños abandonados, que algunas personas usaban historias falsas para pedir dinero, que no era seguro involucrarse.

Pero Andrés ya conocía a su madre.

Sabía cuándo estaba preocupada.

Y sabía cuándo estaba aterrada.

"¿Por qué escondiste el colgante?", preguntó finalmente.

Beatriz dejó de hablar.

El coche siguió avanzando por calles limpias, lejos de la iglesia, lejos del frío, lejos de la niña.

"No sé de qué hablas."

"Mamá."

Ella apretó el bolso sobre sus rodillas.

"Andrés, no empieces."

"Tenía la otra mitad de tu medallón."

Beatriz cerró los ojos.

Ese medallón había pertenecido a la familia Alarcón durante generaciones. Dos mitades de una luna: una para la madre, otra para la hija. Cuando Andrés era niño, preguntó muchas veces por qué su madre llevaba solo la mitad. Beatriz siempre respondía lo mismo.

"La otra parte se perdió."

Ahora él sabía que no era verdad.

"¿Quién es esa niña?", insistió.

Beatriz giró hacia él con una dureza repentina.

"Te dije que nadie."

Andrés no respondió.

Pero cuando llegaron a la mansión, no entró con ella. Le entregó el café al chofer, subió a su propio coche y volvió a la iglesia.

La niña ya no estaba.

Solo quedaba el vaso de papel aplastado junto a la pared y unas migas de pan sobre el escalón.

Andrés sintió una angustia extraña. No sabía por qué esa niña le importaba tanto. No sabía por qué, al verla, había sentido una especie de reconocimiento imposible.

Preguntó al sacerdote.

El padre Miguel lo miró con tristeza.

"Se llama Clara. Viene algunas mañanas. No pide mucho. Solo comida."

"¿Dónde vive?"

"En una pensión cerca del mercado viejo. Pero a veces duerme en un refugio."

Andrés dejó dinero para ella, pero eso no le bastó.

Necesitaba saber quién era.

Esa tarde contrató a un investigador privado. Le pidió algo sencillo: encontrar a la niña y averiguar su historia.

La respuesta llegó al día siguiente.

Clara tenía seis años. Su padre, Mateo Ríos, había muerto tres meses antes en un accidente de construcción. Su madre figuraba como desaparecida. No había registros claros de nacimiento en la ciudad, solo documentos incompletos de un pequeño pueblo costero.

Y una fotografía.

Andrés la recibió en su teléfono.

Era una imagen vieja, tomada frente a una casa humilde. En ella aparecía Mateo Ríos sosteniendo a una mujer joven de cabello oscuro. La mujer llevaba una media luna de plata en el cuello.

Detrás de ambos, apenas visible, estaba Beatriz Alarcón.

Más joven.

Más fría.

Andrés sintió que la sangre se le helaba.

Esa noche entró en el despacho privado de su madre.

Buscó en los cajones cerrados, en archivadores antiguos, en cajas con documentos familiares. Al fondo de una caja fuerte encontró un sobre sin nombre.

Dentro había una partida de nacimiento.

Una niña llamada Elena Alarcón.

Hija de Beatriz.

Hermana mayor de Andrés.

Declarada muerta hacía veinte años.

Pero Andrés nunca había tenido una hermana muerta.

Al menos, eso era lo que su madre le había hecho creer.

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