La Empleada De La Tienda Era Su Esposa Perdida
Capítulo 2 - Los papeles que rompieron una vida
Elena retrocedió hasta chocar con el mostrador.
“No mientas”, dijo con la voz rota. “Yo vi tu firma.”
Alejandro sacudió la cabeza lentamente.
“Nunca firmé ningún divorcio.”
Camila soltó una risa nerviosa.
“Esto es ridículo. Alejandro, no puedes permitir que una mujer desesperada arruine nuestra boda.”
Elena la miró entonces.
No como empleada.
No como víctima.
Como una mujer que acababa de reconocer el olor de una vieja traición.
“¿Tú sabías quién era yo?”
Camila levantó la barbilla.
“Claro que no.”
Pero su respuesta llegó demasiado rápido.
Alejandro también lo notó.
“Camila”, dijo en voz baja. “Sal de aquí.”
Ella se quedó helada.
“¿Qué?”
“Dije que salgas.”
“No vas a humillarme frente a una vendedora.”
Alejandro dio un paso hacia ella.
“Esa mujer era mi esposa antes de que tú siquiera entraras en mi vida.”
Camila apretó los labios.
Elena sintió que el aire le faltaba.
Cinco años atrás, ella y Alejandro vivían en una casa pequeña cerca del mar. No eran pobres, pero tampoco poderosos. Él acababa de empezar a dirigir la empresa familiar, y ella trabajaba como diseñadora de vestidos. Soñaban con abrir una boutique propia.
Entonces todo cambió.
Una mañana, Elena recibió un sobre.
Dentro había documentos de divorcio, una carta fría y una transferencia bancaria.
La carta decía que Alejandro estaba cansado de ella. Que necesitaba una esposa a su nivel. Que no quería escándalos. Que aceptara el dinero y desapareciera.
Elena fue a buscarlo.
Pero los guardias de la mansión Montiel no la dejaron entrar.
Su suegra, Beatriz Montiel, salió a la puerta y le dijo una frase que la persiguió durante años.
“Una mujer como tú nunca debió casarse con mi hijo.”
Elena se fue esa noche.
Sin casa.
Sin esposo.
Sin creer que aún pudiera respirar.
“Fui a buscarte”, dijo ahora Elena. “Tu madre me echó.”
Alejandro cerró los ojos.
“Mi madre me dijo que tú te habías ido con otro hombre.”
Elena soltó una risa amarga.
“¿Y la creíste?”
Alejandro no respondió.
Eso fue peor que cualquier excusa.
Camila aprovechó el silencio.
“Ves? Ella solo quiere dinero. Aparece justo antes de nuestra boda con un cuento trágico.”
Elena bajó la mirada al vestido roto en sus brazos.
“Yo no sabía que eras la novia. Ni siquiera sabía que él iba a casarse.”
Alejandro miró el vestido dañado.
Luego miró a Camila.
“¿Por qué esta tienda tenía tu vestido si el diseñador oficial era de París?”
Camila tardó demasiado en contestar.
“Quería un último ajuste.”
La encargada de la tienda, una mujer mayor llamada Rosa, habló desde el fondo.
“No. La señora Camila pidió específicamente que Elena lo llevara desde el almacén.”
Elena levantó la vista.
Alejandro se volvió hacia Camila.
“¿Por qué?”
Camila tragó saliva.
Pero antes de que pudiera inventar otra respuesta, la puerta de la tienda se abrió.
Beatriz Montiel entró con su abrigo de piel y su mirada de reina cansada.
“Porque yo se lo pedí.”









