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La Niña Que Sintió La Mano De Su Padre En El Ataúd

Capítulo 2 - El hombre que despertó en su propio funeral

Gabriel llegó al hospital con un pulso débil.

Los médicos no entendían cómo había sido declarado muerto.

Su respiración era casi imperceptible. Su frecuencia cardíaca había caído a niveles extremos. El certificado de defunción indicaba paro cardíaco irreversible.

Pero no estaba muerto.

Estaba profundamente sedado.

Elena permaneció junto a Lucía en el pasillo, todavía con el vestido negro del funeral.

“¿Papá va a despertar?”, preguntó la niña.

Elena la abrazó.

“No lo sé.”

Horas después, un médico salió de cuidados intensivos.

“Está vivo. Pero encontramos algo extraño.”

Elena levantó la mirada.

“¿Qué?”

“En su sangre hay rastros de un sedante muy potente. No debería haber recibido esa sustancia.”

Elena sintió frío.

Gabriel había colapsado dos días antes en su oficina. Su hermano mayor, Marcos, fue quien la llamó.

Le dijo que Gabriel había sufrido un ataque cardíaco.

Le dijo que los médicos no pudieron salvarlo.

Le dijo que era mejor no insistir con una autopsia porque Gabriel había sufrido demasiado.

Elena aceptó.

Estaba destrozada.

Ahora recordaba algo más.

Marcos también organizó el funeral.

Eligió la funeraria.

Habló con el médico.

Insistió en que el ataúd permaneciera abierto solo unas horas.

Como si quisiera que todo terminara rápido.

Esa misma noche, Gabriel abrió los ojos.

No podía hablar bien.

Pero cuando Elena se acercó, él movió los labios.

“Marcos…”

Ella se inclinó.

“¿Qué pasa con Marcos?”

Gabriel apretó débilmente su mano.

“No confíes en él.”

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